Joven con un mate y el celular usando ChatGPT en una cafeteria, con circuitos digitales representando la dependencia de la inteligencia artificial en la vida cotidiana

IAdicción: cada vez más argentinos no toman una decisión sin preguntarle primero a ChatGPT

Cada vez más personas en Argentina consultan a la inteligencia artificial antes de decidir cosas tan cotidianas como qué comprar, qué comer, cómo responder un mensaje o si un síntoma merece una consulta médica. El fenómeno ya tiene nombre informal —”IAdicción”— y los especialistas empiezan a marcar dónde está la línea entre usar una herramienta y depender de ella.

El nuevo “no puedo salir sin el celular”

Primero fue el teléfono. Millones de personas sienten que no pueden salir de casa sin él, que lo revisan apenas se despiertan y que lo consultan decenas de veces por día. La dependencia del celular ya está naturalizada, casi no se discute. Ahora aparece una versión nueva, con una diferencia sustancial: no se trata solo de consultar información, sino de delegar la decisión.

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El fenómeno se está llamando “IAdicción” en la conversación pública. Conviene aclararlo desde el principio: no es un nombre clínico aceptado universalmente ni existe un diagnóstico formal con ese nombre. Es un término periodístico y social para nombrar una conducta que los especialistas ya están observando en sus consultorios y en la vida cotidiana. La escena se repite: alguien tiene que elegir un restaurante, un plan de fin de semana, un mensaje para un cliente o una respuesta a un familiar, y antes de pensarlo abre el asistente de turno y le pregunta. La respuesta llega en segundos y, con ella, una sensación de alivio.

El dato de contexto ayuda a entender por qué el tema crece: según un relevamiento de Goldman Sachs, Argentina quedó última en adopción de IA entre los países relevados. Es decir, el fenómeno que se describe acá no es un pico local: es una tendencia global que en el país recién empieza a instalarse, con margen para crecer.

Qué dice la neurociencia: la descarga cognitiva

El biólogo y divulgador científico Diego Golombek, especialista en cronobiología, aporta una mirada que baja el tono alarmista. Delegar esfuerzo mental no es nuevo ni problemático en sí mismo. “Usamos agendas para acordarnos de las cosas, calculadoras para hacer cuentas, otras personas para pensar problemas entre todos”, explica.

En psicología cognitiva eso se llama descarga cognitiva (cognitive offloading): apoyarnos en recursos externos para reducir la demanda de una tarea. La mirada optimista es que con la IA se amplía todo lo que podemos externalizar: comparar opciones, elaborar argumentos, buscar información, ordenar ideas. El problema aparece cuando esa delegación se convierte en dependencia: seguir las recomendaciones de la IA a rajatabla, sin pensamiento crítico para evaluarlas.

Golombek agrega una distinción clave para entender dónde está el nudo: “El problema es si esa consulta va más allá de conseguir información, o si simplemente es para quedarnos tranquilos”. La diferencia entre usar la herramienta para pensar mejor y usarla para no pensar es, en el fondo, la diferencia entre ampliar el criterio propio y reemplazarlo.

Por qué consultamos: el alivio de la incertidumbre

Matías Sánchez Sanda, miembro del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, explica el mecanismo psicológico que hay detrás. Los seres humanos manejamos mal la incertidumbre: sentimos cierta angustia frente a lo desconocido. Consultar a la IA para recibir una respuesta y sentir alivio es exactamente eso: bajar el nivel de incertidumbre.

El punto no es menor. La IA no solo ofrece información: ofrece una respuesta. Y una respuesta, aunque sea imperfecta, calma más que una pregunta abierta. Eso explica por qué el gesto se vuelve tan fácil de repetir. Cada consulta entrega una pequeña dosis de tranquilidad, y el cerebro aprende rápido el camino corto hacia esa sensación.

El fenómeno se nota especialmente entre los más jóvenes, que son los que más usan estas herramientas y los que llegaron a ellas sin haber atravesado antes otras formas de resolver esas mismas decisiones. Para alguien que creció escribiendo sus propios mensajes, delegar la redacción es una elección. Para alguien que aprendió a comunicarse con un asistente al lado, puede ser simplemente el modo por defecto de hacer las cosas.

¿Es una adicción? Lo que dicen los manuales

Acá conviene ser preciso, porque el nombre “IAdicción” invita a la confusión. Sánchez Sanda aclara que una adicción implica pérdida de control sobre la conducta, dependencia del uso y consecuencias negativas sostenidas en el tiempo. Y precisa que las únicas adicciones comportamentales tipificadas en los manuales diagnósticos internacionales (DSM-V y CIE-11) son el juego patológico y el trastorno por videojuegos.

Eso no excluye a la IA. “Cualquier conducta que produzca liberación de placer tiene el potencial de volverse adictiva”, señala el especialista. Lo que determina si una conducta se vuelve adictiva es la cantidad de tiempo invertido, la frecuencia y el impacto negativo que genera en las distintas áreas de la vida: laboral, académica, social y familiar.

Es decir: no hay que esperar un diagnóstico oficial para prestar atención. La pregunta útil no es “¿tengo una enfermedad?” sino “¿esto me está ordenando la vida o me está reemplazando decisiones?”.

El patrón que más preocupa: delegar todo

El dato más importante de esta conversación no es el volumen de uso, sino para qué se usa. Sánchez Sanda observa que muchas personas usan la IA no para optimizar procesos o potenciar ideas, sino como método sustitutivo y de delegación total.

El ejemplo más claro es la redacción. Cuando alguien le pide a la IA que le escriba sus mails o sus mensajes cotidianos, determinadas habilidades cognitivas dejan de ponerse en práctica. Y a mediano plazo eso genera más dificultad para desempeñar esas actividades de manera autónoma. La lógica es simple y conocida: la habilidad que no se usa, se debilita.

Vale la pena mirar el caso de Instinct y los riesgos de delegar todo en un agente, donde la discusión pasa justamente por qué pasa cuando una herramienta no solo responde sino que actúa en nombre de uno. La delegación total no es una hipótesis a futuro: es una configuración que ya está disponible y que muchos usuarios eligen por comodidad.

No se trata de que la IA “dañe el cerebro”. Se trata, según los especialistas, de algo más terrenal: si nunca más escribís un mensaje difícil, si nunca más comparás opciones por tu cuenta, si nunca más sostenés una duda el tiempo suficiente para pensarla, esas prácticas se van apagando por falta de uso.

El problema no es el algoritmo, es dejar de discutir

Santiago Siri, fundador de Democracy Earth, agrega la dimensión social y política del asunto. El problema no es que millones de personas usen el mismo algoritmo, sino que dejen de discutir sus criterios. Para él, una sociedad pierde autonomía cuando terceriza sus decisiones y deja de debatir sobre cómo decide.

La idea es incómoda y valiosa a la vez. Si todos consultamos a sistemas parecidos y aceptamos sus respuestas sin contrastarlas, las decisiones individuales se vuelven más rápidas pero también más uniformes. Y lo que desaparece no es solo la discusión: es la costumbre de tener criterios propios para discutir.

5 señales para saber si te está pasando

Ninguna de estas señales es un diagnóstico. Son preguntas para hacerse con honestidad, sin culpa, porque usar IA está bien: la pregunta es cómo.

  • Consultás la IA antes de cosas que antes resolvías solo. Si cada decisión chica pasó a necesitar una validación externa, vale la pena notarlo.
  • Sentís incomodidad o ansiedad si no podés consultarla. La molestia por no tenerla a mano es una pista sobre cuánto lugar ocupa.
  • La usás para redactar cosas que antes escribías vos. Mails, mensajes, textos personales: si dejaste de practicar esa escritura, es el patrón que más preocupa a los especialistas.
  • Te cuesta decidir sin su respuesta. La duda que antes se resolvía pensando ahora se resuelve esperando que otro conteste.
  • Dejaste de discutir o contrastar lo que te dice. Aceptar la respuesta sin evaluarla es el punto donde la herramienta empieza a reemplazar el criterio.

La recomendación práctica que se desprende de todo esto es simple: usarla para ampliar —comparar, buscar, ordenar ideas, explorar alternativas— y no para reemplazar el criterio propio. Y reservar deliberadamente algunas decisiones para pensarlas uno mismo, aunque cueste un poco más.

La IA es una buena herramienta, y como toda buena herramienta, su valor depende de que siga siendo eso: algo que usás vos, no algo que decide por vos. La línea entre apoyarse y depender es fina, pero se puede entrenar la costumbre de notarla.

📷 Imagen de portada: imagen creada o editada con inteligencia artificial con fines ilustrativos. No es una fotografía oficial del evento ni de las personas retratadas.

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By Jorge Hernández

Jorge Hernández es investigador de tecnología especializado en inteligencia artificial. Cubre el lanzamiento de modelos, las herramientas de IA aplicadas al trabajo y a la vida cotidiana, y el impacto de la automatización en Argentina y Latinoamérica. Dirige IA Hoy (iahoy.online), un medio sobre inteligencia artificial en español.

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