Empresario con traje frente al skyline de Singapur con una red digital de datos y graficos representando las inversiones en inteligencia artificial

El cofundador de Facebook que Zuckerberg dejó afuera ahora invierte en IA: la historia de Eduardo Saverin

Eduardo Saverin ayudó a fundar Facebook en 2004 y quedó apartado de la empresa un año después. Hoy es el brasileño más rico del mundo, vive en Singapur y su fondo B Capital acaba de cerrar un fondo de 500 millones de dólares para invertir en inteligencia artificial. Esta es la historia de cómo el socio que se quedó afuera de la red social más grande del planeta terminó apostando por la tecnología que define la próxima década.

Los 300.000 dólares que ganó prediciendo huracanes

Antes de Facebook, antes de Silicon Valley y mucho antes de convertirse en el brasileño más rico del mundo, Eduardo Saverin era un estudiante de Harvard con una obsesión poco común: la meteorología. Y esa obsesión, mezclada con sangre fría y una calculadora, le hizo ganar alrededor de 300.000 dólares apostando en el mercado petrolero.

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La lógica fue simple, aunque pocos la vieron en su momento. Saverin estudiaba cómo los huracanes afectaban las plataformas petroleras en el Golfo de México. Cuando una tormenta grande se acercaba, la oferta de crudo caía, y con ella los precios subían. Él usaba esa información para anticipar movimientos del mercado y jugar con esa ventaja. No fue suerte: fue método. Datos, análisis y decisión.

Ese episodio, que muchos conocen de refilón por la película La red social (2010), muestra el perfil de Saverin mejor que cualquier otra anécdota de su juventud. No es el típico fundador carismático que vende una visión. Es el tipo que mira un mapa climático, calcula el impacto económico y actúa. Frío, analítico, dispuesto a arriesgar cuando los números lo convencen.

Ese mismo perfil es el que, veinte años después, lo tiene invirtiendo en inteligencia artificial.

Facebook: la sociedad y la salida

En febrero de 2004, Saverin y Mark Zuckerberg lanzaron Facebook desde una habitación de Harvard. Saverin puso el dinero inicial, se encargó de los primeros contactos comerciales y fue, durante los primeros meses, el socio que sostenía la estructura mientras Zuckerberg programaba. La película de David Fincher lo retrata como el amigo leal traicionado, pero la historia real es menos cinematográfica y más gris.

Lo concreto es que la sociedad se enfrió cuando Zuckerberg se mudó a California para desarrollar la empresa a tiempo completo. Saverin se quedó en Nueva York, haciendo una pasantía, y la distancia física se convirtió en distancia real de poder. En 2005 fue apartado de la gestión diaria. Poco después, cuando Facebook empezó a recibir inversiones grandes, su participación accionaria se diluyó.

Saverin consideró que esa dilución se había hecho con métodos ilegales y llevó el caso a la justicia. El litigio se estiró durante años y terminó en 2009 con un acuerdo extrajudicial y confidencial. Lo importante: mantuvo su reconocimiento como cofundador y conservó alrededor del 5% de la compañía. En ese momento, ese 5% parecía un consuelo. Con el tiempo, se convirtió en una de las participaciones accionarias más valiosas de la historia.

Singapur y la decisión que enfureció a Estados Unidos

Mientras el juicio avanzaba, Saverin tomó una decisión que le cambiaría la vida financiera y le costaría buena parte de su reputación pública en Estados Unidos. Se estableció en Singapur y, en 2011, renunció a la ciudadanía estadounidense.

El motivo era fiscal y no era un secreto: al renunciar antes de la salida a la bolsa de Facebook, evitaba pagar el impuesto sobre las ganancias de capital acumuladas en su participación. Singapur, además, no grava ese tipo de ganancias. La jugada era legal, pero fue muy criticada. Dos senadores demócratas estadounidenses pidieron públicamente que no se le permitiera volver a entrar al país. Saverin se convirtió, por un tiempo, en el ejemplo favorito de quienes denunciaban que los ricos podían comprar su salida del sistema.

Es un episodio polémico y hay que contarlo como lo que es: una decisión legal, tomada con asesoramiento profesional, pero percibida por muchos como una forma de eludir una responsabilidad que otros ciudadanos no pueden evitar. No hace falta pintarlo de villano ni de héroe. Alcanza con decir que eligió, y que asumió el costo reputacional de esa elección.

B Capital: 12.000 millones bajo gestión

Durante sus primeros años en Singapur, Saverin no parecía tener apuro por volver a los negocios. Se lo vio más en la vida social, en grandes eventos, en el Gran Premio de Fórmula 1, que en reuniones de directorio. Pero en 2015 volvió a jugar fuerte: lanzó B Capital junto a Howard Morgan y Raj Ganguly.

El fondo arrancó con foco en tecnología y salud, y con los años se convirtió en una de las firmas de inversión más grandes de Asia. Hoy B Capital gestiona más de 12.000 millones de dólares en activos. Entre sus respaldos hay empresas de software, logística, fintech y salud digital. Saverin, otra vez, estaba en el lugar correcto antes que la mayoría.

Ese regreso a los negocios también sirvió para reescribir su historia pública. Dejó de ser “el cofundador que quedó afuera” para convertirse en un inversor serio, con tesis propias y un fondo de peso global. Y esa nueva posición es la que hoy lo pone en el centro de la conversación sobre inteligencia artificial.

Y ahora, la inteligencia artificial: el fondo de 500 millones

Esta es la noticia. En 2026, B Capital cerró un fondo de 500 millones de dólares llamado Ascent Fund III, destinado específicamente a respaldar empresas de inteligencia artificial y tecnología en etapa temprana. La propia firma viene destacando su “impulso inversor en inteligencia artificial” como una de sus prioridades estratégicas.

El dato importa por varias razones. Primero, porque confirma que el capital de riesgo global sigue apostando fuerte al sector, incluso después de varios años de euforia y correcciones. Segundo, porque el fondo está orientado a etapas tempranas: no busca comprar empresas ya consolidadas, sino entrar cuando la tecnología todavía se está definiendo. Es la misma lógica que Saverin aplicó toda su vida: meterse antes de que el resto vea el patrón.

Tercero, y quizás lo más interesante para nuestra región: Saverin es la fortuna brasileña más grande del mundo, y su fondo invierte en tecnología a escala global. Eso no significa automáticamente que haya dinero para startups latinoamericanas, pero sí implica que el inversor más rico de la región está poniendo capital en la tecnología que va a reordenar la economía de la próxima década. Para el ecosistema emprendedor de Argentina, Brasil, México o Chile, es una señal: la IA dejó de ser un tema de laboratorio y se volvió una tesis de inversión con nombre, apellido y fondo propio.

No hay que exagerar tampoco. No está confirmado que B Capital haya invertido en tal o cual empresa de IA en particular. Lo que está confirmado es el fondo, el monto y el foco. Eso ya es bastante.

¿Qué dice esta historia del momento que vivimos?

La historia de Saverin es, en el fondo, la historia de alguien que aprendió a leer el futuro antes que los demás. Lo hizo con los huracanes y el petróleo. Lo hizo con Facebook en 2004. Lo hizo al mudarse a Singapur cuando el resto de Silicon Valley todavía miraba con desconfianza todo lo que pasaba fuera de California. Y ahora lo hace con la inteligencia artificial.

Hay algo más: su biografía muestra que las grandes apuestas tecnológicas no son solo producto del talento técnico. Saverin no programaba como Zuckerberg. Lo suyo era el olfato financiero, la lectura de datos, la paciencia para esperar el momento. Ese perfil también es clave en la era de la IA, donde las decisiones de inversión, la asignación de capital y la capacidad de detectar qué va a escalar y qué no valen tanto como saber entrenar un modelo.

En un contexto donde la IA se discute en cumbres presidenciales como la cumbre de la Casa Blanca por la IA, y donde figuras del deporte y el espectáculo también se meten como inversores, como Cristiano Ronaldo y su inversión en una empresa de IA, el caso Saverin aporta algo distinto: no es marketing ni una apuesta simbólica. Es un fondo de 500 millones con foco claro y un tipo que ya demostró dos veces que sabe entrar a tiempo.

Un nuevo Facebook por encontrar

Saverin lo dijo él mismo, en una frase que la prensa recogió y que resume su presente: “hay un nuevo Facebook ahí fuera aún por encontrar”. No está hablando de una red social más. Está hablando de la próxima plataforma que va a redefinir cómo vivimos, trabajamos y nos comunicamos. Y él cree que esa plataforma va a estar construida sobre inteligencia artificial.

Es una frase con historia personal. Saverin encontró su Facebook, lo ayudó a nacer y lo perdió en el camino. Pero el dinero que le dejó esa pérdida es, hoy, el combustible para buscar el próximo. La diferencia es que esta vez no está del lado del fundador que pone el dinero y espera. Está del lado del inversor que elige a quién financiar.

El cofundador que Zuckerberg dejó afuera hace más de veinte años no desapareció. Se reinventó, se mudó de país, cambió de ciudadanía y volvió al ruedo con un fondo que maneja miles de millones. Ahora apunta a la inteligencia artificial. Y si su historial sirve de algo, conviene prestarle atención.

📷 Imagen de portada: imagen creada o editada con inteligencia artificial con fines ilustrativos. No es una fotografía oficial del evento ni de las personas retratadas.

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By Jorge Hernández

Jorge Hernández es investigador de tecnología especializado en inteligencia artificial. Cubre el lanzamiento de modelos, las herramientas de IA aplicadas al trabajo y a la vida cotidiana, y el impacto de la automatización en Argentina y Latinoamérica. Dirige IA Hoy (iahoy.online), un medio sobre inteligencia artificial en español.

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